Butakera: crónica del primer cine debate de Mafia Marika

Por Mafia Marika

Acto I: La antesala

El aire espeso y húmedo de Córdoba en mayo suele volverse frío cuando oscurece. Hoy es 29 y la noche es una excepción cargada con la ansiedad de las primeras en llegar. En pleno microcentro de la ciudad, dentro de Puerta 276 todo está listo. La calma y la calidez nos relajan por un momento.

La liturgia del cine-debate exige su protocolo: calibrar el proyector, renegar con los subtítulos y cruzar palabras con las organizadoras que nos abrieron la casa. En la pantalla titila el flyer del evento. Somos la Mafia Marika moviéndonos en un espacio que, de a poco, deja de estar vacío. Pedimos un vermut, una cerveza, una copa de vino. Suenan timbres y las primeras caras desconocidas traen alivio. La sospecha de la sala vacía se disipa a medida que se acumulan los abrigos que cruzan el umbral.

Acto II: Las presentaciones

Ariela toma la palabra. No hay solemnidad, pero sí una declaración de principios. Lee un texto que funciona como coordenadas: quiénes somos, qué hacemos acá y por qué elegimos juntarnos. Su voz acomoda el ambiente. La hospitalidad disidente no necesita de grandes discursos, sino de una gramática colectiva para alojar la diferencia.

Mafia Marika es un cadáver exquisito: trafica lecturas, conspira debates y agita ideas para traer al presente a la niña marica y errante. Aquelarre de textos y pociones, comunidad y fantasía; este sucucho cómodo invita a incomodar y alienta la imaginación de un mundo donde la diferencia es vital. Un espacio hecho de inquietudes; un espejo donde mirarse, pero también un ring queer para disentir sobre lo disidente; un archivo vivo de memorias y, sobre todo, un refugio para el encuentro ante un mundo que empuja a las maricas a la soledad. 

Fotografía Emma Song

Fotografía Emma Song

Acto III: La película

Pocos se dan cuenta del beso de rouge en la bolsa de los pochoclos que circulan. Somos alrededor de treinta personas ajustadas en una sala de sillas y almohadones. Alguien al fondo estira el cuello y reacomodamos las cabezas para que todos alcancen a ver la pantalla.

Proyectamos Pillion (2025), el debut cinematográfico del británico Harry Lighton, basado en la novela Box Hill de Adam Mars-Jones. La pantalla nos refleja un género difícil de encuadrar: una comedia ácida, un drama de iniciación, un romance queer. Incómoda ante todo. Colin (Harry Melling) un sujeto tímido de treinta años que todavía vive con sus padres en la periferia de Londres y trabaja poniendo multas; Ray (Alexander Skarsgård) es un motoquero imponente, dominante y de pocas palabras. Una desigualdad que podría ser la antesala de una comedia romántica convencional, se revela rápido como un estudio sobre sumisión y deseo. El título no miente: pillion es el asiento secundario, ese lugar de quien acompaña y viaja sin tener el control, entregado a los movimientos del conductor. La butakera.  

La proyección se detiene en los primeros minutos porque los subtítulos no aparecen. Se reanuda, pero un cable falla y la interrupción se vuelve pausa. Se arman filas para el baño, se recargan vasos, se cruzan cuchicheos al pasar. La luz vuelve a apagarse y la sala recupera el silencio absoluto. En la pantalla, Ray y Colin ya sostienen una relación donde la energía sadomasoquista se mueve en una sola dirección. El director esquiva la homonormatividad mercantil del matrimonio de clase media para revisar las culturas históricas del cuero. Colin es un protagonista vulnerable pero no del todo inocente, su sumisión nace de una voluntaria vocación por pertenecer a esa comunidad disidente. Enfrente, el motoquero utiliza su cuerpo como una presencia rígida y un objeto de devoción que no necesita esforzarse para ejercer el control, aunque por momentos esa misma autoridad se desmorona.

La tregua a una puesta en escena incómoda y tensa son los momentos de humor y el rostro sonriente de Colin cada tanto. La película sigue sin percances. Los murmullos mafiosos de la última fila resuenan en los oídos de alguna espectadora. 

Acto IV: Finales posibles

La luz de la sala regresa y un aplauso corta el suspenso. Repartimos tarjetas en blanco con tres consignas precisas: anotar emociones, elegir una escena y formular una pregunta. En tanto, Edu rompe el hielo. Introduce el concepto de parentescos raros, para analizar cómo la película tensiona las gramáticas familiares tradicionales. Detalla dos escenas clave: la incómoda visita de Ray a los padres de Colin y el sexo colectivo en el bosque con otros maricones leather, donde lo íntimo pierde su carácter privado y burgués. Plantea cómo el BDSM permite cultivar otra intimidad afectiva incluso desde un sentimiento presuntamente negativo como la humillación. Fran M. agrega que Pillion no romantiza la sumisión ni busca una moraleja reparadora. Es, más bien, una pregunta incómoda sobre qué formas de vida estamos descartando en nombre de la integración social. Rescata la idea de per-versión para señalar que no hay patología porque no existe una versión de la sexualidad que sea la verdadera. Lo que llamamos norma es la versión del modelo homonormativo, una versión domesticada del deseo.

En esta economía de los cuerpos, el asiento trasero de la moto deja de ser el lugar del sometido para convertirse en una forma de mirar el camino por fuera del mandato familiar. La película se configura así como una historia de iniciación que desborda el terreno puramente sexual para convertirse en un rito de autodescubrimiento. ¿Qué nos ocurre la primera vez que el magnetismo de alguien experimentado te abre las puertas de una intimidad desconocida? Tal vez el BDSM es solo una excusa para debatir formas de vinculación por fuera de la norma. Estas prácticas le brindan a Colin un espacio de ‘desarreglo’ del yo, donde la sumisión funciona, paradójicamente, como la plataforma para empezar a conocerse.

El público lee sus tarjetas: ternura, deseo, negación, tensión, frustración, incomodidad, confusión, bronca, miedo, compasión. Ante la duda de si son emociones, se reclutan palabras por igual, cualquier rastro sirve para nombrar las incertidumbres que siembra esta historia. Las voces se cruzan, algunas confiesan la incomodidad física ante ciertas escenas de sujeción; otras rescatan la ternura oculta tras los códigos de cuidado de la comunidad motoquera. Hay dudas, sospechas compartidas y discrepancias sobre el film, pero nadie busca clausurar el sentido.

En Puerta 276 se apagan las luces del proyector. Dejamos el ring queer sin certezas ni moralejas, pero ahora sabemos que el asiento trasero de la moto puede ser un lugar para ver el camino de otra manera. En una época donde el consumo audiovisual tiende a la individualidad de las plataformas, juntarse a ver cine marica es un sabotaje al algoritmo. 

Fotografía Emma Song

Fotografía Emma Song

*Mafia Marika es una colectiva que trafica lecturas, conspira debates y agita ideas.

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