*Por Fernando Vanoli

Salimos a la calle a celebrar que existimos y a luchar porque también nos cuesta existir. Hay potencia política en la celebración por donde se cuelan las consignas de los derechos que nos faltan, donde reafirmamos los que conquistamos y, a veces, cuestionamos lo que deseamos: luchamos por instituir derechos, pero también para liberarnos de las instituciones. 

Las luchas de la comunidad LGBTIQ+ son históricas, pero no estáticas. Los devenires de las subjetividades queer tienen la capacidad de escapar de la vigilancia de la identidad. Hay minorías dentro de las minorías, y la pedagogía queer brota de una genealogía degenerada que todo el tiempo nos ensaña a hacerle lugar a la diferencia, las veces que sea necesario. Nos estratifican los rincones arcaicos de este mundo sostenido por columnas del medioevo, pero escapamos a sus designaciones: nunca podrás atraparme con una palabra. América Latina travestida no pide permiso y se fuga. Te da pánico el espejo / cuando mirás lo que soy / ¿Qué me tenés miedo a mí? / ¿o te tenés miedo a vos? (de la Milonga Queer de Susy Shock).

Cada marcha, cada año, cada ciclo, pone en vilo desafíos y preguntas. Mi aporte es el de siempre: películas. Esta vez con una selección de seis largometrajes basados en acontecimientos vinculados a las luchas por los derechos de las disidencias. 

La primera, “Stonewall” (1995) dirigida por Nigel Finch. El 28 de junio de 1969 la policía allanó el bar de Nueva York The Stonewall Inn, un punto de encuentro para las disidencias. La película se centra en la historia de una drag queen, el vínculo con sus amigas y un romance. Ella aclara en primera persona: «todo el mundo tiene su propia leyenda sobre Stonewall, está es la mía, puede que no haya contado todos los detalles, pero es la historia de mi vida». De esa manera la película se excusa, y le dedica la última parte a la noche del allanamiento y la represión en el bar, que deviene en la reconocida revuelta que tuvo como protagonistas a las travestis Silvia Rivera y Marsha P. Johnson.

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El director Nigel Finch murió a causa del sida poco después de terminar la filmación. Sobre Stonewall se encuentran varios documentales, incluso otra película con el mismo nombre realizada en el 2015.

La segunda, 120 battements par minute (120 latidos por minuto)” (2017) es una película francesa dirigida por Robin Campillo. A fines de los 80 se funda en Nueva York la organización act up, con el propósito visibilizar el VIH, promover su investigación e incidir en la voluntad política para ponerle fin. Rápidamente se expande por otras geografías y se crean grupos de act up en Europa. Esta película narra las intervenciones de estos grupos en París a principios de los años 90 cuando el tiempo y la visibilidad era una cuestión de vida o muerte. El film se encarga de exponer la estigmatización social, el abandono político y los intereses farmacéuticos. La trama recorre las experiencias personales y los debates internos del grupo con gran sensibilidad. 

La tercera es “Pride (Orgullo)” (2014) dirigida por Matthew Warchus. La película utiliza el humor como estrategia para contar la historia del acercamiento entre dos luchas aparentemente disimiles: la lucha obrera y la disidente. Era 1984 en Londres y Margaret Thatcher estaba en el poder, cuando el sindicato de mineros realiza una huelga y un grupo organizado de militantes LGBTIQ+ decide apoyarla. La película pone en evidencia las dificultades de ese encuentro, los prejuicios, pero también como la lucha contra el enemigo común abre posibilidades inimaginables.  

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La cuarta, se sitúa en 1978 cuando se realizó la primera marcha del orgullo en Australia, la película “Riot (Revuelta) (2018) de Jeffrey Walker está ambientada durante aquellos años en Sídney, cuando la homosexualidad era un delito. La película esta protagonizada por un grupo de activistas que atraviesan conflictos políticos por pertenecer a la comunidad LGBTIQ+. Luego de varios intentos frustrados de conquistar sus derechos, deciden organizar una celebración pública en las calles que devino en una grotesca represión. Esa celebración se llamó Mardi Gras Gay y Lesbiana, y hasta hoy se continúa realizando. 

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La quinta, es “Great freedom (Gran libertad) (2021), una película austriaca dirigida por Sebastian Meise que nos pone en contexto con un dato histórico del código penal alemán, conocido como el párrafo o artículo 175, el cual justificaba la persecución a las personas homosexuales, ya que penaba las relaciones entre varones, y estuvo vigente hasta 1994. La película transcurre en tres momentos: los años 1945, 1957 y 1968. Hans, el protagonista, es encarcelado por tener sexo en un baño público, y luego pasará el resto de la película entrando y saliendo de la cárcel, que se convierte en una constante en su vida. La trama se vuelve sobre la temática carcelaria y una relación afectiva que, con el paso de las décadas, se construye entre los muros. 

Para cerrar, un bonus track: se cumplen 30 años de la primera Marcha del Orgullo en la Argentina, Carlos Jáuregui fue uno de los impulsores de su realización. El documental “El puto inolvidable. Vida de Carlos Jáuregui” (2016) escrito por Gustavo Pecoraro y Lucas Santa Ana, es un homenaje al activista, reconocido por ser pionero en las luchas por los derechos gay en Argentina. Fue el primer presidente de la Comunidad Homosexual Argentina (CHA), formada en la vuelta de la democracia con el objetivo de luchar contra la represión y las herencias de la dictadura militar. Lucho contra el VIH y murió en 1996; tres días después la Ciudad de Buenos Aires modifica su constitución para incluir la cláusula antidiscriminatoria por orientación sexual por la cual Jáuregui había luchado.

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Las narrativas de las películas ficcionadas tienden a ser construidas a partir de historias individuales y suelen opacar el carácter colectivo de los acontecimientos. También es recurrente el perfil de personajes estereotipados, con cierta carga moral en sus personalidades, y cursilería que por momentos cansa. Pero todas comparten la certeza de que nuestras vidas son políticas. Cursilería y política, tal vez una buena combinación queer. Carnavalizar la seriedad, diría Lemebel. Las películas basadas en hechos reales no suelen gozar de tantas cualidades pero funcionan como homenaje y como una forma de acercarnos a hechos relevantes para comprender donde estamos. Y ahora, ¿Cómo seguimos?

*Fernando Vanoli es Arquitecto y Doctor en Estudios Sociales de América Latina por la Universidad Nacional de Córdoba. Docente, investigador, y becario postdoctoral de CONICET.